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Reflexiones

120 minutos

Publicado el 12 agosto, 2020

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Se decía que en aquella estantería habría casi cuatro mil libros. El primero de ellos ocupó esas baldas hace exactamente 28 años, el último se incorporó junto al resto hace poco más de una semana.

Las letras de unos y otros bailaban en armoniosa danza por las mañanas. Lo hacían de seis a ocho de la tarde, justo en el único momento del día en el que no había nadie en la casa. Verbos, sustantivos, pronombres y demás palabras salían de su emplazamiento habitual en las páginas de aquellas obras para fundirse en un acompasado baile durante esos 120 minutos. Y era a través de ese ritual como se formaban nuevas frases, diferentes construcciones gramaticales y muy distintos significados.

Nunca nadie pudo disfrutar de aquella mágica liturgia. Nadie excepto Irene, quien, desde que sus padres decidieron que ya tenía edad suficiente como para poder quedarse sola en casa el rato que éstos bajaban a tomar una copa de vino al bar de enfrente, pudo maravillarse de aquella fantasía.

– ¿Quieres que apostemos? – se oyó a su madre gritar a su padre, mientras entraban en casa.

Eran las siete de la tarde, una hora antes de su vuelta habitual.

– Claro que sí, estoy seguro de ello – contestó su padre.

– Veamos – dijo su madre, mientras revolvía en la estantería hasta hacerse con El Quijote.

Abrió el libro y comenzó a leer en voz alta:

– En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, el río Guadalquivir va entre naranjos y olivos. Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Rogad a Dios en caridad por el alma de Don Mario Díez Collado. Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo – leyó su madre.

– ¡Este Cervantes estaba aún más loco que Don Quijote…! – exclamó su papá. ¡Por algo nunca quise leer este libro para tarados, por mucho que me obligaran en el colegio! – continuó.

– Creo que ninguno de los dos ha ganado la apuesta – se dijeron a la vez, encogiéndose de hombros.

E Irene se sonrió. Solo ella había conseguido descifrar aquella nueva composición que mezclaba a Cervantes, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Delibes, Cela y García-Márquez.

 

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Soy Eduardo Prádanos, fundador de la agencia creativa FLUOR Lifestyle. También fundé hace unos años la Asociación Innovación Audiovisual y hace poco creé el cómic transmedia ‘100 crisis de un papá primerizo‘. Soy director del Posgrado en Branded Content y Transmedia Storytelling y profesor en varias instituciones en España y Latinoamérica, como la EICTV.

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